Mi historia
Ana y Mark · 11 de agosto de 2026
Nuestra historia comenzó cuando, después de un tiempo buscando un bebé, vimos por fin un test de embarazo positivo. La ilusión fue inmensa. Compartimos la noticia con nuestras familias y empezamos a imaginar todo lo que estaba por venir.
Una semana después, empecé a notar un dolor en la parte baja derecha del abdomen. Todos me decían que las molestias eran normales al principio del embarazo, pero yo sentía que algo no iba bien. Además del dolor, me encontraba débil y mareada, así que llamé a mi esposo y fuimos juntos a urgencias.
Después de una larga espera, me realizaron una ecografía. Nos dijeron que probablemente todo estaba bien y que el embarazo era demasiado temprano para verlo con claridad. Sin embargo, horas más tarde recibimos una llamada del hospital: mi beta-hCG era demasiado alta para lo que habían visto y necesitaba volver inmediatamente.
Tras varias ecografías y la valoración de un ginecólogo con más experiencia, llegó el diagnóstico: tenía un embarazo ectópico en la trompa derecha.
Hasta ese momento ninguno de los dos había oído hablar de un embarazo ectópico. En cuestión de minutos pasamos de pensar que todo iba bien a escuchar que necesitaba una cirugía urgente, que perderíamos el embarazo y que tendrían que extirparme la trompa.
La operación salió bien, pero despertarme en recuperación fue uno de los momentos más duros de mi vida. Apenas tenía dolor físico, pero de repente comprendí que ya no estaba embarazada y que nunca conoceríamos a ese bebé.
Rompí a llorar desconsoladamente. Nunca olvidaré al enfermero que, al verme así, me abrazó y fue a buscar a mi esposo para que pudiera estar conmigo. Cuando nos reencontramos, simplemente lloramos juntos. No hacían falta palabras.
Después nos trasladaron a una habitación en la planta de maternidad. Al entrar y ver una cuna preparada para un bebé que nunca ocuparía ese lugar, sentí que me faltaba el aire.
Ese mismo día me dieron el alta y volvimos a casa. Pensábamos que lo peor había pasado, pero en realidad era entonces cuando empezaba nuestro duelo. Nos sentimos perdidos, con muy poca información y sin encontrar un espacio donde sentirnos comprendidos.
Con el tiempo entendimos que no estábamos solos. Y precisamente de esa necesidad de acompañamiento nació Proyecto Faro, el recurso que nos habría gustado encontrar cuando más lo necesitábamos.
